Cali,
Junio de 2005 /// Periódico de la Facultad de Comunicación
Social y Publicidad de la Universidad Santiago de Cali
Una
fiesta inolvidable Volvió la lucha libre
Redacción Utópicos
Fotos Cortesía Q´hubo
Cuando
salieron los gladiadores, la gente gritaba enloquecida. El
remedo contemporáneo del circo romano estaba en marcha,
y luego de casi treinta años regresaba a nuestra Cali.
Las
primeras referencias sobre la lucha libre nos habían
llegado a mi hermano y a mi por nuestro padre. El viejo, un
hombrón bien plantado y de hábil verborrea,
nos contaba siendo niños, historias sobre un tipo apodado
"el tigre de Colombia".
El tal tigre, era uno de los que un par de veces por mes,
se encerraba con otra caterva de salvajes a darse en la jeta,
tieso y parejo, en el espectáculo de los sesentas que
hacía las delicias de los machos de pelo en pecho y
bolas de toro.
Por eso, el viejo era uno de los más entusiastas cuando
aparecieron por toda la ciudad los carteles que anunciaban
la buena noticia: Volvía la lucha libre.
La tele nos había hecho adoradores de las hazañas
de "The Rock", "Hulk" Hogan y El Enterrador,
de la lucha gringa. Ahora, el espectáculo criollo nos
prometía entretenimiento con un tal Andresito el Gigante,
una india boliviana que juraba ser la ex de Evo Morales, y
un figurín de promociones de almacén de cucos,
el Súper Payaso.
Peleando
con las canas
Con este panorama, la cosa no prometía mucho, pero
el viejo estaba tan emocionado que, boleta en mano, se nos
perdió en la entrada del coliseo. Decidimos no buscarlo
más, pues las canas lo delatarían en las gradas
del Evangelista Mora; era más fácil ver un punto
blanco en la multitud de cabezas.
Pero al subir, las cabezas blancas se contaban por cientos,
como estrellas en la noche. Al parecer la nostalgia se apoderó
de los jurásicos amantes de las luchas sesenteras y
llegaron en masa, acompañados de sus familias.
"Mejor nos sentamos" dijo mi hermano; la cosa ya
iba a empezar y habían ocho mil personas apretadas
esperando.
El primero en salir fue Andresito, un indio mexicano de dos
metros y medio, escoltado por Chuky, un enano enmascarado
con aspecto de muñeco de feria; luego el resto de la
comparsa: El Polaco Maldito, El Gemelo del Diablo, La Sombra,
El Stripper...
Los canosos gritaban ansiosos y los hombres más jóvenes
ponían en duda la hombría del Stripper. "Pirobo
al kilómetro; mirale el caminadito" se escuchaba,
mientras uno que otro adolescente jugaba con el celu. Entonces
empezó el agite.
La
pelea es peleando
Si hacemos una traducción de sus gestos mudos, el primer
combate empezó a "madrazo limpio". Dos peleadores
de mediana estatura se daban patadas, puños, "machetazos"
(un estilo de golpe con el brazo), mientras la gente salía
del letargo.
Pero el ambiente se calentó de a poco, con el uso continuo
del suplex, una técnica que consiste en levantar al
rival por encima de la cabeza y azotarlo con furia contra
la lona. Viéndolo así, ya no parecía
tan comparsa, aunque seguía teniendo una espectacularidad
circense.
Después de 20 minutos de coñazos, uno de ellos
salió cargado en hombros y el otro por los enfermeros,
dejando la pista despejada. Era el turno de otros gladiadores.
Lo
que siguió atizó el fuego de las emociones.
Un gordo calvo, parecido a un carnicero de plaza de mercado
aseguraba ser El Polaco Maldito. El
tipo se transó a golpes con un indio grandazo que llevaba
el pintoresco nombre de Johnny Kay.
No fue porque el Polaco pisaba la cara del indio, ni porque
le mordía los dedos cuando el árbitro no miraba.
La gente no se enloqueció por eso. Fue por la serie
de combinaciones de buenos golpes y piruetas atléticas
que hacían los tipos.
De comparsa, la noche había pasado a número
circense, pero ahora era todo un espectáculo, aunque
aún faltaba el plato fuerte.
A esas alturas no nos acordábamos de nuestro padre,
aunque sí notábamos que el entusiasmo de los
jurásicos se había contagiado a todos, no porque
fuera algo especial en ellos, sino porque todos empezaron
a sentir la magia que sólo se vive allí y que
hasta entonces sólo ellos conocían.
Mi
tío el magnífico
De vuelta al ring, siguió un pequeño entremés
con dos mujeres procedentes de Bolivia. Ver a Claudia la Maldita
y a Elizabeth la Sensual lanzarse desde las cuerdas para caer
sobre su oponente me hizo acordar de las palizas que recibe
la mujer de mi tío, en las que algunos aseguran haber
visto a la pobre volar por los aires, a semejanza de los rivales
de Los Magníficos.
Pero entonces llegó el plato fuerte. El Stripper salió
moviendo la pelvis, mientras las mujeres gritaban y algunos
decían "¿No te dije? A diez cuadras se
le ve lo marica".
Era lucha en equipos; la Sombra maldita y el Súper
Payaso Vs. el Stripper y el Gemelo del diablo. Lo que siguió
después fue una demostración de despliegue físico,
habilidad y coraje.
La gente les reconoció todo y aplaudían a rabiar
las combinaciones de patadas voladoras, suplex, machetazos,
puños y llaves, pues su técnica impecable los
hacía sobresalir como grandes de esta disciplina.
Tras el ring, una enorme pantalla retransmitía el evento.
Viéndolo así, como en un TV, no había
mayor diferencia con las batallas de El Enterrador y Shawn
Michaels que llegan por el cable. Fue algo Grande. De comparsa
a evento internacional.
Monedazo
ventiao
Pero como en todo espectáculo colombiano, faltaba la
intervención de la policía. Esta vez tuvieron
que entrar a retirar a varios sujetos de las graderías,
incluyendo algunos canosos.
Todo fue por el árbitro. Llevaba un rato haciéndose
el pendejo, dejando que el Stripper y el Gemelo castigaran
sin ninguna piedad a La Sombra, sin dejar entrar a su compañero
el Payaso.
Al parecer la pantomima traspasó los límites
de la comprensión popular y las botellas de agua que
cayeron pusieron en alerta a los tombos, que entraron en la
escena con frenesí.
En eso apareció el viejo. Era una figura solitaria
en medio de la gradería superior, lanzando monedas
a diestra y siniestra.
Otros canosos lo secundaron en un extraño ritual antiguo.
Sin duda era una costumbre del "mundo arcaico" y
ahora apuntaban a las cabezas de los vestidos de verde y al
sinverguenza del árbitro.
Nosotros, que no cabíamos en la pena ajena, nos llenamos
de desconcierto al ver cómo le legión de cabezas
blancas engatusaba con cuentos a los tombos, que se devolvieron
indulgentes.
Fiesta
para todos
Solucionado el rollo aquel, siguió el combate. Ya sentados
junto al culpable de nuestras canas prematuras vimos cómo
ponían en su lugar al árbitro de un sillazo
en la cabeza y entraba en acción un tremendo atleta,
poseído por el espíritu de Pernito, Tuerquita
y Bebé.
El Payaso puso en orden las cosas, pero tuvo que pelear duro
contra el Stripper, de quien por entonces nadie pensaba cosas
malas de él. "El man no es ningún marica"
se escuchaba decir, y elogiaban su estilo agresivo y su técnica
depurada. Tremendo atleta que lleva en su nombre el karma
de la sexualidad de los que se empelotan por plata.
Los veteranos habían tenido su fiesta. Habían
gozado al extremo, tanto como las mujeres con el Stripper
y los hombres con el Polaco, la Sombra y el Payaso; pero faltaban
los niños.
Para ellos fue el combate del cierre, tres contra uno. El
gigante se enfrentaría al Psicópata, al enano
Chuky y a un peludo que subió al escenario montado
en una Harley.
Cuando todo se acabó se veía la emoción
de los niños, que en los hombros de los papás
intentaban hacer llaves de rendición. Los mayores reían
y hablaban del Tigre colombiano, otros adultos convencían,
entre grandes risotadas, a sus padres de no tirar monedas,
las madres convencían a sus hijos que no eran ningunos
polacos y todos hablaban con gran animación.
Pocas cosas hay ya para las familias, desde que una tromba
de basuqueros empezó a ahuyentar a la gente del estadio
de fútbol. La lucha libre puede llenar esos espacios
pues es más fácil convencer a un millardo de
viejos gozones de que se porten bien, que a dos mil adolescentes
"empepados".
Mi primera vez en la lucha fue genial. Sólo espero
que mi tío no haya ido a aprender técnicas para
aplicarlas contra su mujer. Dicen que en después vuelve;
ya no puedo esperar.