Cali,
Junio de 2005 /// Periódico de la Facultad de Comunicación
Social y Publicidad de la Universidad Santiago de Cali
El
ritmo aún vive en Cali Matraca de pura salsa
Juliana Daza
V Semestre
Comunicación Social
Si
viene al Barrio Obrero se vuelve rumbero», dice la canción
de la Orquesta Guayacán.
Un viernes en la noche, tan sólo entrando al barrio
se siente el golpe de las maracas y rechinar de las trompetas
que atraen al bailador a la distancia, al melómano
de convicción.
Es el Obrero, uno de los pocos lugares (tal vez el único)
de Cali en donde la salsa sigue siendo la reina gobernante.
El único territorio libre en la dictadura del mal gusto
impuesta por el reggaeton.
En «Matraca», el sitio por excelencia de los que
saben de salsa, se reúnen los bailarines de antaño
y de ahora, los melómanos que conocen de la historia
de la música y los aficionados que la llevan
en la sangre.
Por eso los viernes este lugar se viste de gala. A las ocho
aparecen los zapatos de charol blanco, pantalones rojos y
una que otra camisa con boleros. Los bailarines llegan olorosos
a perfume y a Igora de teñir las canas, dispuestos
a dejar todo sus «pasos» en la pista.
Los viejos, vestidos cómo si estuvieran en su mejor
época, sonríen al ver llegar a los «pelados»
que no tienen los zapatos blancos y el pantalón rojo
pero si el alma del buen bailador.
Uno de ellos es Richard. Llega caminando (como dice la canción)
con ese «tumbao» que solo lo tienen «los
guapos al caminar»; estilo de «camaján»
que brota silvestre en las calles del sector.
El crédito local alista su pareja y comienza el show:
vueltas, cargadas saltos, mientras las sonrisas acompañan
a los asistentes que aplauden al «viejo Ricky».
Los viejos también bailan, pero como ya no están
«pa esos trotes», sólo esperan su momento.
A las 11 cambia el ritmo y el «Maestro Aguja»
pone el primer bolero. Varios portadores de boinas blancas
se levantan de la mesa. Unos a bailar y otros empiezan el
alegato. «Ese cantante es Fulano de tal».
Cigarro en mano, un trago por los viejos tiempos y mientras
algunos acomodan sus cargaderas (y otros, discretamente, sus
sondas), empieza la camaradería. Todos bailan y charlan
sin problema. Jóvenes y viejos comparten historias
de antiguas rumbas, hasta la una. Este es el momento de los
aficionados; no los mejores bailarines, ni los más
sabios en música, pero con salsa en la sangre y las
caderas.
A Matraca no se le olvido abrirle las puertas al caleño
que ama su música; por el contrario, lo atrae con ese
ambiente que tiene «el titicó».
Es uno de los sitios emblemáticos de la salsa, los
boleros y todos esos ritmos que hicieron de la Cali de antaño
una ciudad para bailar.