Cali,
Junio de 2005 /// Periódico de la Facultad de Comunicación
Social y Publicidad de la Universidad Santiago de Cali
Expresando
escupitajos y estruendos El mundo raro del Punk
Stefani Díaz Romero
V Semestre
Comunicación Social
Eran
las 8:30 p.m. del sábado y me dirigía hacia
un lugar el cual mi mamá denomina como el «averno
urbano» pero más conocido en la vidareal como
«La Gruta».
Para las personas que no reconocen esta zona, les puedo decir
que queda más cerca de nuestro entorno de lo que imaginan,
pues, está situado al lado del Conservatorio de Bellas
Artes y a solo unos pasos
del CAM, o sea, «allí no más».
Bien sea con crestas (peinados punk), con los ojos delineados
de negro o con botas militares, estos individuos con caras
de virulentos (mala gente) y pintas intimidantes, se pasean
por las calles de Cali en busca de una ley que no les prohíba
un espacio en la sociedad.
Al llegar a este sitio me encontré con una chica de
18 años; su nombre: Natalia. Esta niña va a
la gruta hace 2 años y fue mi compañera y guía
durante esa singular noche.
«Fresca pelada, relájese y sígame»,
me dijo en medio del estruendo y comencé mi travesía.
No entendía si la euforia de estas personas se debía
a las bandas que esa noche tocaban o si era efecto del Sacol
(pegan-te que inhalan) o de la marihuana o mas bien, de Maria
Juana, que para muchos de los hombres de ese lugar es la mujer
perfecta y la novia ideal.
Al rato de estar observando el agresivo baile conocido como
«pogo» llegó Lina, amiga de Natalia, quien
a primera vista me recordó a las Sailoor Moon, las
muñequitas japonesas, que vestían con faldas
muy cortas, dos colas y una media luna adhesiva en la frente.
Mientras estábamos sentadas tomando vino de caja, Lina
me explicaba lo que era el pogo: «Mirá, con el
pogo lo que buscan estos manes es liberar toda la energía
y la represión, la inconformidad con la desigualdad
social».
La dinámica que pude ver allí sí sacaba
la represión social a golpes. «Coñazo
ventiao» al compañero por la injusticia, mientras
otros practi-caban la sana costumbre de escupir a la gente.
Varios apuntaban sus flemas contra los integrantes de las
bandas.
En
realidad, yo creo que no me sentiría nada bien si me
echaran saliva con moco en la cara mientras intento tocar
mi instrumento, pero bueno, esa es su manera de expresión,
pensé.
Pude notar que allí la moda punk es bastante interesante
y sugestiva: camisetas sin cuello y medias de malla, botas
militares, correas de taches, adornos sadomasoquistas, cadenas,
collares de perro, y una actitud de gran agresividad.
Según explicaban Lina y Natalia, todo esto es conocido
como la «Estética del rechazo», pero lo
que más me llamó la atención fue el uso
de esvásticas (símbolos nazis) en algunos muchachos.
Creo que la ideología nazi y el punk no tienen un pedo
que ver, en mi humilde opinión por supuesto.
Después de una hora me encontraba sentada debajo de
un árbol, sola como un hongo, ya que Natalia y Lina
se esfumaron de un momento a otro; se perdieron en la manigua,
tal vez aburridas de mi preguntadera y decidieron irse con
Maria Juana a dar una vuelta.
Lo último que recuerdo que me dijo Natalia antes de
huir de mi fue: «Lo que pasa pelada, es que aquí
puedo ser realmente como soy sin miedo a que me rechacen o
a que me miren como un moco», entonces fue ahí
cuando entendí la razón por la cual esta joven
me hablaba con tanta convicción de lo que ella señalaba
como su centro de relajación.
Eran ya las 11:30 de la noche y decidí irme antes de
que la policía llegara, pues, lle-ga de forma sorpresiva
a dañar los toques y el pogo y dañar su mundo
aparte y particular.
Para algunos el punk dejó de ser sólo un género
musical y se convirtió en un estilo de vida que defienden,
disfrutan y lo viven.
Entonces ya saben que en esta ciudad no solo se baila al ritmo
del Tego Calderón y Daddy Yankee, sino que también
se poguea al ritmo de Eskor-buto, I.R.A o de las Policarpa
y sus Viciosas. Sea como sea todo es cuestión de gustos
y usted ¿a cual le pega?