Cali,
2006 /// Periódico de la Facultad de Comunicación
Social y Publicidad de la Universidad Santiago de Cali
El
periodista más internacional de Cali El ritual de la Ayahuasca
Anónimo Utópicos
Al
anochecer, el sur de Cali padecía del frío como
el de una madrugada bogotana. Me había puesto la chaqueta
roja, me había hecho el peinado con «Gel»
y me había echado la última gota de «Hugo
Boss», prácticamente, pensando en mi compañera
de Facultad, Yeiny Sánchez.
Cuando llegué a su apartamento en Cañaverales
6, había un aliento a humo de fogón de leña
y las luces estaban apagadas por orden delChamán. Al
fondo de la sala, en una mesita de centro, había una
veladora de dos colores: rojo y amarillo. El humo de un tabaco,
que flotaba hacia la ventana, habitaba en el ambiente de la
luz de la calle; eso le daba a la escena un toque de intimidación.
Sentí ganas de ir al baño, pero controlé
mis esfínteres cuando vi la sonrisa de Yeiny, quien
me repetía que siguiera y me sentara al lado de las
cortinas de la sala, donde ella me había separado un
lugar. Entonces, tuve que adivinar el camino, pensando en
no pisar los pies atiborrados de los estudiantes de varias
universidades que asistieron al ritual. En la sala, por lo
menos, éramos 20 personas, casi formando una flor recostados
sobre el piso.
Yeiny me había invitado a probar el Yagé, porque
ella estaba haciendo un documental de trabajo de grado y necesita-ba
extras en la escena con el Chamán. Yo quería
probar, da-do que se había puesto de moda y me decían
que el efecto tenía una gran dosis curativa; aunque
el paciente no estuviera enfermo.
Me apretó la mano y me confesó su preocupación
por la «toma». Estaba nerviosa, ya que había
visto al chamán contemplar un tarro de Frescavena lleno
de un líquido oscuro y espeso. Dijo que sentía
miedo, porque sus compañeros le habían contado
experiencias alucinantes y terribles en el baño.
Don Jesús, el Chamán o Taita, irrumpió
bruscamente con un sonajero hecho de un racimo de hojas secas.
Empezó a masticar palabras, ininteligibles; balbuceaba
cosas que Yeiny me susurraba: «está en inicia-ción,
parece que invoca al gran Chamán».
De pronto sentí que estaba al lado de una aficionada
en el tema, ella quería explicarlo todo. Al
lado de don Jesús estaba su ayudante «chamánica»,
traída del Putumayo. Ella, una india robusta, empezó
a llenar con agua del grifo un tarro, el cual tenía
un descolorido aviso de una marca de Shampoo. El Taita dijo
que ella era su esposa y que participaría del ritual.
La doña estaba vestida de una bata blanca con figuritas
artesanales y hacía sonar un collar mientras caminaba
entre nosotros. Se había soltado el cabello y tenía
el aspecto de alguien que recién se levanta de la cama.
Yeiny se percató de que la cámara estuviera
grabando y se acercó cariñosamente para advertirme
que el efecto de la «toma» empezaría después
de 10 minutos. Entonces, uno a uno fuimos pasando hasta la
mesita de centro para recibir los dos tragos de Yagé.
La estudiante de Odontología trató de devolver
el bocado y le tocó mandárselo con «enjuaguazos».
El estudiante de Comunicación frunció el seño
y se sostuvo la garganta como si tratara de ayudar en la deglución.
Y otro de Ingeniería parecía un experto, pues
no dudó en el proceso y logró sentarse rápidamente
a esperar el trance.
Me fijé en este último y lo admiré por
su tranquilidad. Luego, hice lo mismo, traté de ponerme
en su lugar y actué como si ya lo hubiera vivido.
Sin embargo, me incliné hacia las cortinas y no tardé
en sentirme extraño. Miré alrededor para confirmar
que no era el único que estaba en esa situación,
y sentí que la sala me daba vueltas, que me sometía
a la suerte de la Ayahuasca.
Al fondo escuchaba claramente a don Jesús, quien recitaba
sus frases que antes yo no entendía. Los sentidos me
llevaban a una excitación, a una aceleración
de las palpitaciones que sobresaltaron mis venas.
Vi gusanitos de colores en mis ojos y que una imagen de un
«mosco gigante» se acercaba amenazante. Seguidamente,
el sonido de una cascabel me mandó a congelar mis movimientos.
Pensé que en el lugar había una culebra y lo
dije en voz alta. En ese instante, una estudiante gritó
y se puso a llorar.
Estuve quieto tratando de sobreponerme al susto, me sentía
atemorizado por la cantidad de sensaciones del alucinógeno,
y quería concentrarme en no permitir la salida de mis
demonios, como lo pedía el Taita. Además, mi
héroe, el estudiante de ingeniería, a quien
yo seguía con admiración, se levantó
cuidadosamente y, habiendo pasado el conjunto de piernas,
corrió apresuradamente al baño, dejando a su
paso una línea de un líquido que necesitaba
un aviso de «piso resbaloso».
Detrás de él, siguieron otros que se sintieron
animados por el sonido nauseabundo que tenía eco en
la taza del inodoro. Unas estudiantes se abrazaron, rieron
y confesaron el amor que sentían por un tipo que no
valía la pena.
El
Chamán acompañó a algunos de los afectados
diciéndoles que lo sucedido en el baño era una
forma de expulsar los fantasmas, los de-monios que los estaban
atormentando. Que el Yagé no sólo limpiaba las
almas presentes, sino que limpiaría el apartamento,
dado que Yeiny necesitaba deshacerse de las malas energías
que él mismo don Jesús había percibido
horas antes en el lugar.
Precisamente,cuando regresó mi héroe de ingeniería,
escuché que el muchacho estaba seguro de haber vomitado
un sapo.
Habían pasado más de cuarenta minutos y quería
seguir controlándome, pero fue inútil, puesto
que en el mismo sitio, recostado sobre el hombro de mi Yeiny,
me vine en bocanadas. Luego, ella se levantó mos-trando
el asco que le producía aquella sustancia viscosa.
Mágicamente, me repuse de la pena, porque ella me contempló
diciendo: «no ha pasado nada, no te preocupes, fue un
accidente; ya lo recojo». Me levanté del piso
y entendí que la máscara y los sonidos que me
atemorizaron se debían a la impostura de la ayudante
«chamánica» que se paseaba por la sala.
Entendí, también, que el ritual hace parte de
una religión, donde la toma del Yagé es similar
a comer la hostia para los católicos. Sin embargo,
hay una gran diferencia en los efectos, puesto que ese líquido
espeso resultó, en mi primera y última experiencia,
como un desagradable purgante.
Me habían advertido que mi vida cambiaría, pero
si lo hizo no lo he notado. Sólo me quedan los recuerdos
de escuchar a los estudiantes en el baño, la desilusión
de un héroe y las risas de las chicas que amaban a
alguien en común.
Al final, el gesto complaciente de Yeiny me hizo pensar que
ella me quería a pesar de mi desgracia en su alfombra.
Por un momento, sentí que me amaba, que no había
perdido los 50.000, pero no era cierto. No he sabido mucho
de ella desde ese día que nos despedimos en la puerta
de su apartamento; y en la Universidad, lastimosamente, ni
me dirige la palabra.