Cali,
Junio de 2005 /// Periódico de la Facultad de Comunicación
Social y Publicidad de la Universidad Santiago de Cali
Medardo, todo un personaje de Palmira Medio siglo huyendo del baño
Tatiana
María Parra Quintero
Quinto semestre CS-P
La situación en la casa se volvió insoportable;
ya nadie sabía que hacer ni cómo actuar. Era
tan insoportable el olor, que había que encerrarse
a comer en las habitaciones del segundo piso a pesar de que
Medardo habitaba en el sótano.
Todos los días había pelea entre los niños
de la casa, que discutían por tener que lavarle los
platos, casi siempre llenos de cucarachas, y posteriormente
llevarle la comida a la “ratonera” de la que no
salía, pues no permitía que alguien entrara;
solo los niños.
La familia no sabía cuando acabaría este karma,
que no era tan insoportable cuando él estaba sano y
cuando el olor era disimulado por su acomedimiento y buena
voluntad. Pero cuando envejeció se convirtió
en una persona imposible de tratar, por su desaseo, mal carácter
y rechazo total a los médicos.
La gente de Palmira sabía que Medardo andaba por ahí
por el olor. A cincuenta metros a la redonda, el aire era
contaminado por un aroma tan pavoroso que hasta las moscas
salían en desbandada. Pero lo que hacía que
fuera tan particular es que no daba la apariencia de ser un
mendigo ni una persona de la calle, puesto que su familia
se preocupaba porque al menos se cambiara de ropa.
Nadie sabía por qué le huía tanto al
agua. Lo que se comentaba era que la vida, no lo trató
de la mejor manera en la juventud y que por esto él
quiso revelarse contra ella dejando de bañarse, pero
comportándose como una persona “normal”.
Medardo trabajaba en construcción, hacía mandados
y ayudaba en donde lo necesitaran. Contaba su hermana mayor
que, cuando su esposo cayó en desgracia por un derrame
cerebral, él fue quien sacó a sus hijos adelante
en los peores momentos. A pesar de su mal carácter
era la persona más acomedida y servicial.
Su familia luchó toda la vida con él, para que
al menos se aseara en las mañanas y al no poder conseguirlo
lo único que podían hacer era cambiarlo de ropa
cada ocho días y tratar de bañarlo a la fuerza
al menos dos veces al año. Después de cada baño
se enfermaba y quedaba de cama, sin importar que el agua estuviera
caliente.
El único que se atrevía a bañarlo era
uno de sus sobrinos que, después de enfrentarse con
él, lo convencía de que entre menor resistencia
pusiera, menos doloroso sería. Finalmente y a regañadientes
cedía de muy mala gana y después de casi todo
un día de alegatos y peleas.
El día del baño era todo un espectáculo
en Palmira; incluso los vecinos se asomaban al patio de la
casa para observar el evento, en parte atraídos por
los gritos y gemidos que lanzaba como si cada balde de agua
fuera algo muy doloroso.
Muchos de los curiosos le obsequiaban ropa y objetos de aseo
como peinetas. La gente le hacía bromas: “Lo
quiero ver peinado”, decían, a lo que Medardo
no le daba el menor interés y si acaso respondía
con un gesto débil.
La vida de este hombre tan particular llegó a su final
en el 2001, a sus 83 años, con todo el mugre posible
encima y sin padecer ninguna enfermedad diferente a los achaques
de la vejez. Dejó una huella imborrable con sus rarezas,
en la memoria de quienes lo conocieron y compartieron con
él en San Pedro un barrio de la tranquila “Villa
de las Palmas.”