Entre
gritos y madrazos, un negro largo y flaco como un somalí
aparece en las tribunas populares del Pascual Guerrero. Aunque
el partido es del Cali, él da un salto y advierte a
todos: “No le vendo nada a caleños”, tocando
su camisa roja con el diablo en ella.
Esta nueva ola de madrazos es tan fuerte que los despistados
dicen “salieron los árbitros”, pero en
realidad el que llegó fue Pipico, el vendedor más
popular del estadio.
A los pocos segundos la cosa se calma y empiezan las peticiones:
“Negro, negro; dame quinientos”, dice alguien.
“Negro, echate limoncito aquí”.
Eber Vargas vende el salchichón más feo del
mundo; tanto que hay que rasparse el paladar con las uñas
para quitarse la manteca, pero así y todo vende casi
treinta libras en cada partido.
Pero ya no son las 60 libras de antes, pues la situación
económica hizo que los aficionados casi no compren
dentro del estadio; por ello este “salchichonero”
tuvo que cortar metro a su venta. “Parece que ahora
la gente tiene menos plata porque están comprando menos”,
dice.
El estadio se convirtió en su segundo hogar. Casi 45
años son los que Pipico ha rondado en sus entrañas.
Inició vendiendo gaseosa y mecato, pero se dio cuenta
que podía ganar más plata vendiendo salchichón.
“Con eso me empezó a ir bien, pero me fue mejor
cuando descubrí mi técnica de venta”,
afirma.
A pesar de no haber pasado por una universidad, descubrió
la mejor técnica de mercadeo para vender el salchichón:
“La gente me fue conociendo porque en los partidos me
ponía la camiseta del equipo de Cali que jugaba de
visitante ese día, y recochaba con eso”, cuenta.
Desde allí le empezó a ir bien.
Pero en los clásicos la cosa cambia; como en el último
de septiembre, en donde se vino de blanco, pues el ambiente
estaba caliente, por el hincha que apuñaló a
un compañero de su barra en un partido del América.
“Hoy estoy para el clásico con el blanco de la
paz. Hay que hacer algo para poder ir tranquilo al estadio,
porque esto es una fiesta”. Este hombre de “veinte
capas de pintura” dice que antes se disfrutaba más
en el estadio porque no se agredían los hinchas, y
se podía ir por todas las tribunas. “No me gusta
el miedo con que la gente va a fútbol hoy. Hace veinte
años
la gente se sentaba junta, ahora están separados. Eso
no me gusta”.
A pesar de la situación en algunos sectores del estadio,
Pipico se ganó el respeto de las barras bravas. Él
es el único que puede pasar sin ser agredido físicamente,
pero no falta el que le diga algo.
“Nosotros lo admiramos porque se ha convertido en un
ejemplo de convivencia en el estadio; con sus chistes se ganó
el cariño de todos aquí en el Pascual”,
afirma el sargento José Caicedo quien lleva 15 años
en los operativos en el estadio.
Es un vendedor histórico en el estadio más histórico
de Colombia. Quizá usted lo vea en la calle, en su
bicicleta roja llena de accesorios, vestido con el color del
equipo del pueblo de pies a cabeza, rumbo al 12 de Octubre,
el barrio donde permanece casi todo el tiempo.
Ese embutido rojizo, que muchos aseguran jocosamente mientras
lo comen, que es de felina procedencia, le dio para ayudar
a levantar los hijos. “No pude darles mucho, pero al
menos son hombres de bien”, afirma.
En momentos empezará un nuevo clásico. En eso
se va por la puerta de maratón, con sus bolsas y cajas,
a prepararse para la venta porque ya tiene una responsabilidad
con la ciudad: Es el vendedor más popular del estadio.